Ella era una chica sin problemas. Para muchos era gorda, fea y, para más, desinhibida, pero, no obstante, era una chica sin problemas. Más tarde, cuando la conocí, me dijo que era fanática de las hamburguesas, el chocolate y que amaba, por sobre todas las cosas, fumar marihuana. Pasamos un par de años juntos. Recuerdo que, una vuelta, nos fuimos a Mar del Plata. Estábamos en la playa, ella, muy displicente, se acomodaba la bikini rosada a la vez que se ponía las gafas oscuras. Nos cubríamos debajo de una sombrilla de colores.
-¿No ves…? –me dijo mientras se sentaba delante de mí dándome la espalda para que le pusiera protector solar factor 40-. ¿No lo ves…? -repitió de manera insistente-. Mirá esas chicas, parecen alambres vestidos, todas con anorexia. Y, encima, es la moda del momento, sino fijáte las modelos. Yo seré un desastre, aunque no sé qué es peor. ¡Pero, claro! Lo de ellas está divino y lo mío es un horror.¿Vos qué opinás?
Yo me encogí de hombros, no podía opinar sobre lo que no veía porque ella me tapaba toda la costa.
-Bueno, pensálo que yo de mientras me voy a dar un chapuzón –completó poniéndose de pie y sacudiendo la cola para sacarse la arena.
-Pero te acabo de poner crema… -dije sintiéndome un idiota, ya había olvidado que era una chica sin problemas.
-No importa, lindo, después me pongo de nuevo y listo, además ahí dice que es resistente al agua, y si no lo es a mí qué me importa. Ahora me muero de calor –completó arrojando las gafas sobre la arena.
Yo me quedé observándola debajo de la sombrilla, sentado en el pareo de ella que era tan grande como una sábana de dos plazas. Ella se sumergió entre pequeñas olas y me saludó de lejos, agitando la mano entre niños que la atropellaban con barrenadores de telgopor. Los pequeños, ofuscados, la miraban como si fuese una extraña ballena escapada de una novela de Melville, pero mi chica, muy amable, les acariciaba los cachetes.
-¿Sabías que las ballenas saludan ahora? –le dijo un amigo al otro. Los dos estaban parados detrás de mi sombrilla. Apenas torcí la vista para ver de dónde provenía tan peyorativo comentario. Eran dos jóvenes atiborrados de testosteronas, parecían haber perdido el cuello, mientras se tocaban minuciosamente el pelo para no perder la elegancia. Ambos tenían gafas oscuras y permanecían con las manos entrelazadas detrás de la espalda mirando el horizonte como si fueran expertos guardavidas. “Mejor me preparo unos mates”, pensé. Porque si le hacía frente a semejante montaña de músculo de seguro iba a salir perdiendo. Además, dicen que estos muchachitos pierden los estribos rápidamente, parece que la testosterona se les sube a la cabeza con la velocidad de un rayo. Mejor unos amargos, no cabían dudas. Mientras vertía el agua en el mate, ella salió del agua agitando el cabello. Creo que una ola la había volteado y ahora un seno, tan grande como el sol, escapaba por la parte superior de su bikini. Me miró sin darse cuenta del infortunio acaecido y me hizo llegar un beso a la distancia. Yo, muy formal, le señalé con una inconfundible pantomima la desgracia ocurrida. Ella se miró el pecho y echó una carcajada, luego, con la palma de una mano, le quitó importancia al asunto y se acomodó la bikini. Por suerte, los pibes inyectados de testosterona también habían ido al mar, sino me tendría que haber trenzado a los pueñetazos limpios.
-¡Qué rico, preparaste el mate, lindo! –exclamó ella arrodillándose frente a mí con una sonrisa. Le acerqué un mate recién hecho, espumante, calentito. Ella chupó la bombilla como si se tratara de un fondo blanco. Luego, se secó con la toalla preparada para la ocasión.
-¡Riquísimo, querido, riquísimo! –exclamó mientras buscaba en su bolso amarillo los cigarrillos.
-¿Qué hacés? –le dije con la mano en montoncito-. ¿Vas a fumar marihuana acá?
-¿Qué tiene, no estamos en un país libre acaso? –me contestó arrojando la marihuana sobre el papel.
-Sí…, pero con ciertas limitaciones…, qué sé yo…, el respeto por los demás, ¿no te parece?
Ella echó una vez más su profusa carcajada y, mientras terminaba de enrollar el cigarrillo, dijo:
-No me hagas reir, lindo. Mirá, te voy a mostrar –argumentó dándole fuego al papel liado-. ¿Ves ése de ahí? Sí, ése, el señor calvo de malla roja. Sí, ése que tiene bigotes oscuros. Ya es la tercera vez que tira el pucho encendio al mar y nadie le dice nada. Estos dos que están acá atrás nuestro asándose como pollos al spiedo no hacen más que criticar a todo el que pasa, es más, si alguien les dice algo lo despachan a trompadas. Mirá ese señor entrado en años mirándole el culo a todas las chicas que pasan a su lado, mientras la señora persigue a los nietos por la playa. Y ese otro de allá, más alejado. Sí, ése que tiene el gorro estilo piluso, anda con esa moto de agua a toda velocidad de acá para allá haciendo un ruido insoportable, poniendo en peligro a la gente. Y esos chicos ebrios peleándose con esos otros por quién tiene más banderas del propio club. Ni qué hablar de esos desubicados jugando a la pelota en medio de la playa, se creen que están en la cancha de Boca… si me pongo a hablar de los constructores de edificios no paro, nos quitan el sol a las cuatro de la tarde… Y además, las chicas desfilando su anorexia. Todo el mundo se caga en los derechos del semejante y nadie les dice nada, yo no molesto fumándome este simple cigarrillo, por lo tanto que ellos no me molesten a mí.
-¿Pero…?
-Dale, fumá un poco y despreocupáte –dijo alcanzándome el cigarrillo.
-No, paso –argumenté sin argumentaciones.
Ella puso un paréntesis a la charla. Era lógico: el churrero se acercaba.
-Dame una docena de churros rellenos con dulce de leche –dijo sacando plata del bolso.
El churrero se acercó con alegría, envolvió los churros rápidamente y se fue hacia la sombrilla colindante porque un señor entrado en años lo llamaba.
-¿Querés? –me dijo metiéndose un churro rebosante de dulce en la boca.
-No, gracias.
-Al final siempre que no decís vos, terminaste siendo un aburrido.
-No tengo ganas ahora.
-Bueno, a mí poco me importa…-finalizó con otro churro en la boca.
Si yo hubiese sido un poco más despabilado hubiera advertido sus últimas tres palabras. Pero, lamentablemente y, como un perfecto idiota, me dejé llevar por mi vanidad, por una irreverente soberbia y por qué no, también, por mis sentimientos. Entonces, aquella noche, bajo un cielo repleto de estrellas y, alrededor de un fuego crepitante que ardía sobre la arena, le propuse matrimonio. No sólo le propuse matrimonio, sino, que también, le mostré las alianzas de oro que había comprado esa misma tarde. Ella me miró con compasión, me acarició la cara con indulgencia y dijo:
-Sabés que no puedo, lindo, sé que sos hermoso, sensible, también comprensible…, pero no puedo.
No cabían dudas que el idiota había sido yo, porque ella…, ella era una chica sin problemas.

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