Ese día de verano, Río Grande se despertó con un sol avasallante que bañaba las costas de la ciudad. Sin explicación alguna y, sabiendo por qué lo hacían, la gente se volcó con espontaneidad hacia el mar con sus cañas de pescar al hombro. Si el Estado de antaño, con su puerto a medio construir, pese a contar con 12 millas de soberanía sobre el mar, no hacía nada al respecto para brindar una fuente de alimentación accesible para la ciudadanía, toda esa gente, con sus cañas, se iba a poner manos a la obra para ayudar a los más necesitados.
Allí estaban todos ellos. El pueblo había copado las playas y acantilados y, un gran tendido de tanzas, reposaban sobre las aguas quietas del mar como si acaso se tratara de un cableado eléctrico. Algunos otros, más predispuestos en presupuesto y voluntad, se habían embarcado con sus pequeños botes y, siendo más osados, eran también más afortunados con el pique. Así, todo alimento que se iba sacando del mar, era depositado en pequeñas y grandes heladeras conservadoras, que la gente había llevado premeditadamente, para luego ser trasladado a los correspondientes centros comunitarios.
Toda la familia ayudaba en la azarosa empresa; los niños encarnaban, las niñas y mujeres se alternaban entre la caña y las viandas para los pescadores. Los más viejos y, también más expertos, aconsejaban dónde lanzar la tanza.
Grandes toneladas de peces se pescaron aquella tarde a lo largo y ancho de las costas de Río Grande para luego ser llevadas, en las respectivas heladeras conservadoras, a los centros comunitarios más cercanos. Se podría decir que fue una gran jornada de pesca donde todos salieron beneficiados. Los centros asistenciales no dejaban de agradecer al respecto y toda esa comida, sana y nutritiva, también podía ser intercambiada por otros alimentos y, así, generar una dieta balanceada para la gente impedida de acceder a ello. Imagínense si el Estado haría, aunque sea una vez al año, lo que toda esta gente hizo en apenas una tarde. Hasta se podría decir que, de esa forma, el problema del hambre sería rápidamente solucionado en nuestra ciudad.
Quizá, algún día, este cuento – utopía se transforme en realidad.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

five + 14 =