Finalmente se habilitaron los días de campo durante la pandemia. Si vivías en Río Grande, podías viajar hasta el Puente de Justicia. Si eras de Usuhaia hasta el Lago Escondido. Sólo una familia por auto y según la terminación de patente: pares los días pares, impares los días impares. Todos estaban ansiosos preparando sus salidas. Se armaban proyectos, picnics, asados al aire libre. El clima prometía viento morigerado y sol. Dentro de todo amigable. Sin embargo, el clima no importaba: la posibilidad de salir era mucho más importante. Hacía meses que el campo y la ruta se encontraban vedados y ahora todo era similar a encontrar la puerta de prisión abierta. La libertad esperaba por nosotros.
Como muchos fueguinos, acomodamos las cosas en el baúl del auto, subimos al perro en la parte trasera junto a los niños y nos aprestamos, con mi esposa, a salir a la ruta. Gafas de sol, buena música y a disfrutar el día. Al pasar la rotonda de la trucha, se sentía cierta vorágine en el ambiente. Pasamos el tropezón, hicimos cien metros más y, de pronto, una fila interminable de autos. En el destacamento José Menéndez se encontraba la policía controlando la salida de vehículos: frenaban a los autos, se fijaban el número de patente, pedían la documentación pertinente y pispeaban dentro del vehículo a los integrantes. Eso, en un principio, generaba la demora, pero la cosa se complicaba más cuando la policía no permitía la salida del vehículo por no contar con la patente adecuada, por no tener cédula azul o bien porque comprobaban que en el rodado viajaba más de una familia. Cuando sospechaban de esto último, la policía comenzaba a pedir los documentos de todos los que iban en el vehículo y si comprobaban que no tenían el mismo domicilio, les hacían pegar la vuelta. Imagínense entonces la situación: el auto imprudente que no puede salir debe dar marcha atrás, los autos que están detrás de él también deben dar marcha atrás para permitir que pueda girar y emprender la vuelta. La policía que hace señas a los autos para que se muevan hacia atrás. Por la ventanilla se puede observar cómo los niños que van en ese auto que no pudieron cruzar el destacamento lloran, estaban esperanzados con su día de campo.
Por nuestra parte, teníamos todo en orden, pero la fila avanzaba a paso
de tortuga y el día de campo, poco a poco, perdía sus horas más preciadas. Los chicos, en la parte de atrás, se impacientaban con preguntas: “qué pasa, por qué no avanzamos, cuándo vamos a llegar, tengo hambre, tengo sed, tengo ganas de hacer pis…”.
Los conductores de otros vehículos comenzaban a asomar la cabeza por la ventanilla, tocaban bocina, otros bajaban a ayudarles a los más chicos a hacer pis, estiraban las piernas. Otros iniciaban el picnic en el propio auto porque ya se acercaba el mediodía y el bagre empezaba a picar. Muchos otros pegaban la vuelta. Sin embargo, pegar la vuelta significaba la desilusión misma. Como dijimos, nos encontrábamos con la puerta de prisión abierta y retornar era como volver a la celda. Nos miramos con mi mujer, desilusionados. Por el espejo retrovisor vi a mis hijos, intuían que el día de campo se había acabado, una lágrima rodaba por sus pómulos.
Dimos marcha atrás, pegamos la vuelta e hicimos el picnic en el patio de casa.

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