ESTOCOLMO — La escena en Norrsken House de Estocolmo, un espacio de cotrabajo irradiaba una normalidad extrema: los hípsteres con suéteres de cuello de tortuga socializaban en una esquina destinada a tomar café. Otros charlaban a su antojo, en ocasiones bastante cerca unos de otros, en confortables salas de conferencias. Los cubrebocas no se veían por ningún lado.
Parecía que era el mes de enero, antes de la propagación del coronavirus en Europa, pero en realidad fue la semana pasada, cuando muchos países europeos endurecían las restricciones por la aparición de nuevos casos. En Suecia, los nuevos contagios, aunque con un ligero ascenso, seguían siendo sorprendentemente bajos.
“Al trabajar aquí, tengo potencialmente cientos de pequeñas interacciones”, afirmó Thom Feeney, un hombre de origen británico que administra este espacio de trabajo compartido. “Nuestra vida laboral no debe verse reducida a tan solo una pantalla frente a nosotros. A fin de cuentas, somos animales sociales”.
La normalidad nunca ha sido más controvertida que ahora en Suecia. Los suecos son casi los únicos del mundo occidental que se negaron a imponer un confinamiento por el coronavirus en la primavera, cuando los principales funcionarios sanitarios del país sostuvieron que las restricciones limitadas eran suficientes y que era mejor proteger a la economía de un colapso.
Fue un enfoque que convirtió a Suecia en un insólito pararrayos ideológico. Muchos científicos responsabilizaron a las autoridades del país por un repunte de fallecimientos, incluso cuando muchos libertarios que criticaban los confinamientos lo ponían como el ejemplo a seguir. Durante una audiencia reciente en el Senado en Washington, Anthony Fauci, el principal especialista en enfermedades infecciosas de Estados Unidos, y el senador republicano por Kentucky, Rand Paul, tuvieron una fuerte confrontación relacionada con el tema de Suecia.
Por su parte, los suecos reconocen haber cometido algunos errores, sobre todo en los asilos de ancianos, donde la cifra de decesos fue abrumadora. De hecho, los análisis comparativos demuestran que la tasa de letalidad de Suecia en el pico de la pandemia durante la primavera superó por mucho las cifras de los países vecinos y fue más prolongada. (Otros señalan que la tasa de letalidad general de Suecia es comparable con la de Estados Unidos).
Sin embargo, muchos se preguntan si el reducido número de casos actual, en comparación con los pronunciados aumentos en otros lugares, demuestra que ha llegado a un equilibrio sostenible, algo que todos los países buscan alcanzar a ocho meses de inicio de la pandemia, o si las cifras recientes solo son una anomalía momentánea.
“Parece algo positivo”, señaló Anders Tegnell, el epidemiólogo del gobierno de Suecia que alcanzó fama y notoriedad en el mundo por no haber confinado a Suecia en el mes de marzo.
Con una población de 10,1 millones de personas, Suecia tuvo en promedio un poco más de 200 casos al día durante varias semanas, pese a que en los últimos días, esa cifra ha aumentado a cerca de 380. La tasa per cápita es mucho menor que la de Dinamarca, su país vecino, o que la de los Países Bajos (aunque más alta que las tasas insignificantes de Noruega y Finlandia). Por el momento, a Suecia le está yendo mucho mejor que a España, con 10.000 casos diarios, y a Francia, con 12.000.
Los detractores afirman que Suecia no realiza pruebas para detectar el virus tan exhaustivamente como muchos otros países (142.000 pruebas durante la semana que terminó el 13 de septiembre). El Reino Unido, con aproximadamente seis veces más habitantes, solo realizó pruebas a 587.000 personas en la última semana, una cifra bastante menor per cápita que Suecia. Y el Reino Unido llevó a cabo muchas más pruebas que Francia, Alemania o España en ese periodo.
A principios de septiembre, en Suecia resultaron positivas el 1,2 por ciento de las pruebas, en comparación con el 7 por ciento de estos momentos en el noroeste de Inglaterra, la región más afectada del Reino Unido.
En respuesta a los recientes brotes, muchos países europeos están imponiendo nuevas restricciones. Pero los dirigentes políticos, deseosos de evitar confinamientos impopulares y desastrosos en términos económicos, están confiando principalmente en las medidas de distanciamiento social, al tiempo que intentan conservar cierto grado de normalidad al tener escuelas, tiendas, restaurantes e incluso bares abiertos.
Algunos expertos afirman que, en el fondo, están adoptando de manera discreta el enfoque sueco.
“En la actualidad, todos los países europeos están siguiendo, en mayor o menor medida, el modelo sueco, combinado con las pruebas, el rastreo y los procedimientos de la cuarentena que han introducido los alemanes, pero nadie va a reconocerlo”, afirmó Antoine Flahault, director del Instituto de Salud Global de Ginebra. “En cambio, caricaturizaron la estrategia sueca. Casi todos han dicho que es un fracaso y la han calificado como inhumana”.
En la primavera, cuando otros países estaban imponiendo restricciones, con frecuencia vilipendiaban a Suecia por haber actuado de manera contraria. Sus fronteras permanecieron abiertas, así como los bares, los restaurantes y las escuelas. Los salones de belleza, los estudios de yoga, los gimnasios e incluso algunos cines siguieron abiertos, al igual que el transporte público y los parques.
Prohibieron las reuniones de más de 50 personas, cerraron los museos y cancelaron los eventos deportivos. Pero hasta ahí llegaron las medidas y los funcionarios dijeron que confiaban en el sentido común de los suecos de mantener su distancia y lavarse las manos.
Flahault elogió al gobierno de Suecia por ese aspecto de su enfoque. “Los suecos se confinaron solos”, comentó. “Confiaron en su pueblo para que aplicara por sí mismo las medidas de distanciamiento social sin tener
Pero Flahault también alertó sobre lo que calificó como un error importante en el modelo sueco. “Siguen sin usar cubrebocas”, señaló. “Esa puede ser una gran desventaja de la estrategia de Suecia si resulta que los cubrebocas son eficaces y esenciales para combatir la pandemia”.
Es posible que Suecia solo esté teniendo una tregua entre los picos del contagio. Tegnell, el rostro público de las políticas del país para combatir el coronavirus, concuerda y dice que las cifras pueden aumentar, como acaban de hacerlo. Sin embargo, dicho esto, “Suecia ha pasado de ser uno de los países de Europa con la mayor propagación a uno de los que tienen el menor número de casos en Europa”, señaló en una entrevista reciente.
Tegnell dijo que Suecia prescribirá en ciertos casos el uso de cubrebocas, particularmente para contener los brotes locales. Y en una ruptura con el pasado, le dijo al periódico Dagens Nyheter que ahora incluso consideraría restricciones locales limitadas sobre el movimiento y el cierre de escuelas.
Pero todavía insiste en que el distanciamiento brinda una mejor protección en general que los cubrebocas, lo que, según él, podría dar a las personas una falsa sensación de seguridad.
Tegnell enfatizó, como ha hecho muchas veces antes, que Suecia no se propuso lograr la “inmunidad colectiva”, calificándolo de un “mito que se ha creado”.
“Nos alegra que el número de casos esté disminuyendo rápidamente y creemos que la inmunidad en la población tiene algo que ver con eso”, dijo en la entrevista, realizada justo antes de que el número de casos aumentase ligeramente. “Y esperamos que la inmunidad de la población nos ayude a pasar este otoño con casos en un nivel bajo”.
Cuando la pandemia golpeó en la primavera, el Norrsken House Stockholm, en un antiguo depósito de tranvías, parecía abandonado, ya que muchos de sus 450 miembros se quedaron en casa. Pero a mediados de agosto el lugar parecía normal. Gente mezclada sin preocupaciones ni miedos visibles. Se tomaron algunas precauciones mínimas: las estaciones de trabajo diseñadas para seis se limitaron a cuatro; había lugares para desinfectarse las manos por todas partes; y la mayoría de la gente estaba distanciada socialmente.
“Estas limitaciones estarán vigentes por un tiempo, creo, pero no se siente como una gran restricción en su vida diaria”, dijo Feeney, el gerente. “Hay un anhelo por querer volver a la normalidad. Finalmente, la gente siente: ‘Está bien, ahora lo podemos hacer de nuevo. Lo hemos superado’”.
Los cambios son igual de notables en los hospitales de Suecia. En primavera, en el hospital Sodersjukhuset en Estocolmo, las ambulancias descargaban constantemente a los pacientes con COVID-19. “En abril, parecía que casi todo el mundo tenía covid”, dijo Karin Hildebrand, cardióloga de la unidad de cuidados intensivos. “Incluso los que fueron traídos por insuficiencia cardíaca fueron positivos también”.
Ahora, Hildebrand disfrutaba un cappuccino antes de su turno, y saludaba casualmente a sus colegas que parecían igual de relajados. “Ya no vemos a ningún paciente con covid”, dijo. “¿Cuántos hay ahora en nuestra sala?”, le preguntó a un colega. “Uno”, replicó él. Hildebrand sonrió”
Durante la primera ola, le molestó la cantidad de amigos que se mostraban laxos en cuanto al distanciamiento social y otras precauciones. En abril, salió en la televisión nacional, para advertir a los suecos de que la situación era grave.
Ahora, sin embargo, Hildebrand dice que Suecia está bien preparada para un posible resurgimiento. “Cambiamos el comportamiento. No veo que nadie se de la mano, por ejemplo”, dijo. Recientemente, pasó sus vacaciones en el norte de Suecia, donde escaló e hizo excursiones. “La vida ha vuelto a la normalidad. Pero, por supuesto, puede haber una segunda ola”.
Algunos expertos creen que, en estos momentos, Suecia tiene controlado casi por completo al virus.
“Existen señales de que los suecos han alcanzado cierta inmunidad a la enfermedad, lo cual, junto con todo lo demás que están haciendo para evitar que la infección se propague, es suficiente para que el padecimiento se mantenga en niveles bajos”, dijo en una entrevista Kim Sneppen, profesor de Biocomplejidad en el Instituto Niels Bohr de Copenhague.
Hizo hincapié en que el país podría haber evitado el alto número de muertos al principio, pero dijo que Suecia había recuperado el control desde mediados de abril, cuando las muertes disminuyeron constantemente.
Aunque los suecos están lejos de haber logrado la inmunidad colectiva, dijo, “podemos concluir que sus reglas de distanciamiento social han demostrado ser esenciales”.

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