“Siempre el mismo bache en la calle Yrigoyen y nadie lo arregla, vos podes creer!”, le dijo Carlos a su mujer un tanto ofuscado mientras se sacaba la campera y ponía la pava al calor del fuego. Buscó el mate, colocó la yerba y volvió a arremeter como si acaso su mujer fuera una funcionaria de obras públicas del municipio de Ushuaia. “Ya es la tercera vez que vengo distraído y me trago ese pozo, no sabes a los autos que le pasa lo mismo!”. La esposa lo miró. No era la primera vez que Carlos se quejaba de los baches de la ciudad, pero esa era una queja sin sentido porque una vez más quedaba en la nada, en la queja misma. Carlos había dado aviso telefónico de los desperfectos en varias arterias y la respuesta desde el municipio siempre era la misma: “Gracias por comunicarse y a la brevedad una cuadrilla se hará presente”. Sin embargo, nadie se hacía presente y el bache seguía allí, como un cráter a flor de piel adornando la calzada. Carlos le alcanzó un mate a su mujer y, ella, hilvanando una idea que daba vueltas en su cabeza hacía tiempo, le dijo: “Carlos, por qué no lo arreglamos nosotros el bache?”. Carlos alguna que otra vez había ayudado a su padre, de profesión albañil, a hacer mezclas: arena, cemento, agua, luego la mezcla propiamente dicha. Podría colocar un colchón de piedras sobre el bache y rellenarlo con una buena mezcla. Era una gran idea. “Tenés razón”, le dijo a su mujer mientras daba vueltas en círculos por el comedor pensando en los materiales que necesitaría para el arreglo.
Inmediatamente dejó el mate, que le había devuelto su mujer, en la mesada y salió por la puerta al grito de: “Voy a la ferretería”. Al rato volvió con cemento, arena y unas cuantas piedras. “Vamos”, le dijo a su mujer. Subieron al auto y fueron directo para la Yrigoyen. El bache ahí estaba, justo al doblar la curva. Bajaron los materiales y Carlos se aprestó a colocar el colchón de piedras, mientras su mujer le ayudaba. Hizo una mezcla rápida. Los vecinos comenzaron a juntarse y ayudar en la voluntariosa empresa. Los autos pasaban y daban gritos de ánimo o bien bocinas amigables para darle fuerza a Carlos y su mujer. Alguien trajo una balizas de su casa para que, una vez que se finalizara con la reparación, nadie se interpusiera en el camino. El trabajo ya estaba finalizado. Carlos y su mujer se abrazaron, sonrieron. Los vecinos aplaudían.
La tarea estaba realizada con creces.

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