El título de este relato no es un eufemismo. Tengo Covid. Mejor dicho mi mujer tiene Covid, pero para el caso es lo mismo. Por suerte, por ahora, mis hijos y yo no tenemos síntomas y debemos estar todos aislados. El servicio de epidemiología informó que si el resto de la familia no presenta síntomas no hace falta el hisopado, pero la transmisión del virus de todas formas es asegurada. Sin embargo, es inevitable no hacerse la cabeza, somatizar y pensar que lo peor puede pasar. El infectólógo hace seguimiento telefónico. Ángela, mi esposa, en su cuarto aún más aislada que nosotros, la fiebre ya ha pasado pero persiste un dolor agudo abdominal y el cansancio que la mantiene en posición fetal mirando sin ver por la ventana. Pero, las ventanas que dan a la calle son libertad. Para mi esposa porque le permite airearse de tanto abombamiento. Para mí, es un contacto con el afuera. Más aún cuando llega un delivery y puedo entablar algo parecido a la sociabilidad con un lenguaje infructuoso de señas para darle a entender que deje las cosas al pie de la puerta y se vaya. Cuando logran entender que tengo Covid la huida es inmediata. Entonces, recién ahí la libertad es más palpable, pues puedo abrir la puerta y, como si fuese un ladrón furtivo, hacerme con las compras. Pero, en si, durante estos días, la vida pasa por la ventana: el sol que ingresa avasallante y acaricia las plantas, el rosal del jardín azotado por el frío que reclama una poda, un pájaro en el cableado, una competencia con mis hijos que consiste en elegir un color durante el almuerzo y ver cuántos autos de ese color elegido pasan por la ventana; un gato en la medianera, una ambulancia que pasa a toda velocidad, un patrullero, las mismas casas de los vecinos.
No mucho más que eso y, mientras tanto, rezar para que esta locura no pase a mayores.

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