-Ahora me va a escuchar a mí, Intendente –dijo el flaco Marcelo mostrándole al funcionario la palma de una mano. Luego dio unas vueltas en círculos dentro de la pequeña sala, y arremetió como un púgil experimentado:
-Voy a hacer bien clarito, Intendente…, siéntese…., siéntese y escúcheme, quiere, vamos…, no me haga las cosas más difíciles, porque si usted no sabe, a mí y a mi gente nos vino a buscar porque precisamente hacemos cosas difíciles, cosas sucias, usted lo sabe, no se haga el pillo conmigo, por eso ahora está ahí sentado, calladito, con cara de pichón mojado. Usted nos vino a buscar en épocas preelectorales para que pintáramos paredes, para que buscáramos punteros, para que empezáramos a apretar gente, luego, como usted sabrá, en las elecciones tuvimos que tirar un par de tiros para amedrentar fiscales, jefes de mesa, tuvimos que ser la cara visible de su infamia, su nefasto maquillaje…y todo eso a cambio de vanas esperanzas, de alguna que otra promesa. Espéreme, Intendente, espéreme y no se sobresalte, cálmese, quiere…Yo sé en qué punto nos encontrábamos cuando decidimos tomar el trabajo, pero también sé en el punto que nos encontramos ahora, y ahora nosotros estamos desesperados, ¿sabe por qué? Porque a raíz de esos trabajos, uno de los nuestros está en cana ahora. Está en cana por realizar sus trabajos sucios, porque nosotros, como cualquier trabajador dependiente, depende de su empleador, y nuestro empleador en este caso es usted, por eso ahora queremos seguridades. Así como cualquier empleado tiene una obra social, una jubilación, seguro contra accidentes de trabajo, correspondientes asignaciones familiares, etcétera, nosotros queremos algo similar. Queremos protección judicial, impunidad si así quiere llamarlo, porque creo que nos hemos ganado esa impunidad, y ahora es el turno de que usted meta las narices en el chiquero. Yo sé que Carlitos arremetió con nueve puñaladas cuando lo vinieron a correr los de la seguridad privada mientras estampaba su mentado nombre alrededor de toda el Supermercado ese. Yo sé que se fue un tanto de los carriles, pero usted lo tendría que haber visto con la pasión que defendió su trabajo, en sí, su nombre. Los de seguridad eran enormes, dos bestias uniformadas predispuestas a arrancarle los ojos a Carlitos, para más se acercaban con los machetes en alto, manoteaban las pistolas que circundaban sus cinturas. Y Carlitos…, usted vio lo que es Carlitos, si lo traje a trabajar acá desde que tenía doce años, cómo no se va a acordar, es un alfiler el pobre Carlitos, un servilleta oscilando en el aire se podría decir. Y por eso ya estaba cansado de que una y otra vez lo molieran a golpes por tener que defender su fuente de trabajo. Así que esta vez se fue preparado con un tramontina. Entonces, ni bien los vio venir no atinó a subirse a la moto que lo esperaba ahí no más del cordón, sino a manotear el cuchillo de la cintura, inclinar las piernas y arremeter como si él mismo fuese un cuchillo. Una y otra vez apuñaló, mientras veía cómo las dos bestias azules se tomaban el abdomen entre un mar de sangre. Carlitos sonrió, por primera vez sonrió, como si todo aquello a lo que usted, implícitamente lo llevó, le agradara. Para más, cuando vio a los uniformados derrotados en el piso se subió a sobre ellos y clavó el cuchillo dos o tres veces más, pero cuando atinó a voltear la cabeza, la moto que lo esperaba ya no estaba. Las sirenas de la policía la habían echo perderse entre el tráfico como por arte de magia. Recién entonces, Carlitos entró en razón. Miró hacia un lado y otro, buscando, olfateando una respuesta de incluso la propia realidad. Pero la realidad estaba muy cerca, demasiado cerca para encontrar aunque sea una esperanza. Ya no había esperanza alguna porque dos o tres patrulleros se habían apostado contra la esquina de la telefónica y ahora lo apuntaban con recelo. Carlitos soltó el cuchillo sobre la vereda y levantó las manos, entregándose por completo, sin resistencia como lo hacen los verdaderos gladiadores cuando ya no existen alternativas de salvación. Luego, sucedió lo previsible: una furibunda paliza, una semana de encierro a pan y agua y un proceso que camina a pasos agigantados…¿Y encima me interrumpe para decirme? “¿Qué quiere que haga yo…?” Parece que me está tomando el pelo, Intendente. Usted, si no me equivoco, es el intendente, ¿no es cierto…? Así me gusta, me encanta que asienta ante mis preguntas obvias. Entonces, ¿sabe qué quiero que haga? ¡Quiero que levante ese teléfono que tiene en el bolsillo del saco y llame a jueces, fiscales, secretarios, lo que prefiera! Pero por sobre todas las cosas quiero que levante el culo de la silla y empiece a moverse como nosotros lo hicimos por usted en su debido momento… ¡Cómo no va a poder sobornar a un juez o a un fiscal! Usted me está cargando, Intendente. Ya le dije que queremos seguridades y no pensamos movernos, ni dejarlo mover hasta obtener algunas respuestas, mínimas aunque sean, insignificantes, pero queremos que el ovillo, que es este gran problema, comience a desovillarse, ¿entiende?  No asienta con esa carita de nada, para después escaparse en las faldas de sus custodios, porque si así sucede me voy a acercar muy lentamente como ahora hasta que usted sienta mi propio aliento, le estaré pisando los talones, soplándole la nuca, hasta que…, hasta que un maldito día…, todos aquellos que trabajamos en la calle…todos aquellos que nos ensuciamos las manos para mantener a la clase dirigente impoluta, todos aquellos que existimos para que otros existan…tengamos nuestro propio sindicato, nuestro propios derechos y nuestra propia identidad:
El Sindicato de los pibes de la calle.

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