Es verdad que lo que sucedió estaba premeditado. El rapero rebelde había pensado una y otra vez que, al subirse al escenario de la Casa de la Cultura de Río Grande, diría lo que muchos tenían ganas de decir, pero también sabía que se despediría de cualquier trabajo que pudiera hacer el día de mañana para el municipio, pues ese evento lo organizaba el municipio de Río Grande. No importaba, sus ganas de decir la verdad podía más que cualquier cosa. Los organizadores ni se imaginaban lo que se avecinaba.

 

Estaban contentos: a pesar de la pandemia se habían acercado un respetable número de personas para presenciar la batalla de freestyle tan de moda por estos días entre los jóvenes y no tan jóvenes. La competencia se desarrollaba sin sobresaltos, hasta que le tocó el turno a él y, de movida, advirtió a todo el público lo que se venía. Una de sus frases de presentación fue: “Querían show? Que lo disfruten: Brigada Hip Hop: se viene el show de la guerra”. En ese momento, los organizadores se miraron con ceño fruncido, preocupados de lo que podía venir, aunque por el momento nada trascendente sucedía. Hasta que llegaron las siguientes entradas donde el rapero rebelde se despachó: “Martín Pérez, hijo de yuta. Le molesta que lo nombre? O quiere dar explicación de la facturación de la calle THORNE? Tiene casa nueva, alguna propiedad nueva a su nombre, pero lo delataron ya sabemos dónde se esconde”. A esa altura los organizadores se debatían entre cortarle el micrófono al rapero rebelde o bien aparentar un corte de luz para que la censura no fuera tan evidente. Sin embargo, estaban absortos, demasiado absortos para hacer algo. El rapero rebelde siguió rimando al compás de la música: “Malversación de fondos y se reparten los puestos. Por supuesto, quién se va a hacer cargo de todo esto? Ah por favor, qué molesto, pero para el artista local no hay presupuesto”. A esa altura todo el público que había en la casa de la cultura gritaba de algarabía, levantaban las manos y festejaban entusiasmados las rimas del rapero rebelde. El organizador principal, atorado en su camisa oscura, no paraba de sudar, se acomodaba los lentes una y otra vez y la sonrisa que lo caracteriza se transformó en un mohín de tristeza. La represalia que le darían sus jefes quizá le costaría el puesto. El rapero rebelde tiró otras rimas revolucionarias y, luego, lo que todos ya saben: un video viralizado, todos en la ciudad comentando las agallas del rapero rebelde y nosotros agradecidos de la materia prima para esta crónica rebelde.

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