Tierra del Fuego está plagada de castores, un animal que no es autóctono de la región. Por el año 1946 el Ministerio de Marina dejó escapar 25 parejas de castores con el fin de generar la industria peletera dado que aquí no había especies que pudieran cubrir tal necesidad. Sin embargo, la intención de mantener controlado el índice de natalidad de los castores fracasó. Rápidamente los animales se familiarizaron con el lugar. Se dispersaron por los cursos de agua hasta colonizar la región. Hoy es común ver perfectos diques construidos por los castores en los arroyos de la provincia. De allí, obtienen su alimento. Para más no tienen depredadores. Han modificado notablemente el ecosistema de la isla hasta tal punto que en Chile se permite cazarlos. La legislatura de la provincia de Tierra del Fuego nombró a esta especie como “dañina y perjudicial para el ecosistema de la región”.
Mucha similitud tiene el castor con el hombre blanco que llegó para civilizar estas tierras. Los selknam llamaban a Monseñor Fagnano, el “capitán bueno”. Fue de los pocos hombres blancos que se propuso ayudar a nuestros indios. En 1897 creó la Misión Salesiana en Río Grande, a pocos kilómetros del cabo Santo Domingo. Allí, se encargaría de enseñarles a los selknam el arte de la hilandería. Puso un aserradero, construyó caminos y museos. Instaló el telégrafo y luego el teléfono. Sin embargo, con la llegada de misioneros salesianos y de hombres blancos a colonizar y explotar la isla, los territorios que antes eran el libre hogar de estos cazadores nómadas, fueron cercados. Muchos indios rompieron las cercas, cazaron y comieron la carne de las ovejas, a las que llamaban “guanaco chico” o “guanaco blanco”. El contacto permanente con el hombre blanco tuvo devastadoras consecuencias para esta etnia, pues además de transmitirles enfermedades contagiosas, los desplazaron de sus territorios de caza. También construyeron capillas para evangelizarlos a la fuerza.
Antes de tal intrusión, los selknam tenían su propia religión. Adoraban al sol y la luna, a los cuales llamaban Kreen y Krenn. Creían en un ser supremo que castigaba la maldad. Temáukel era la denominación de una gran entidad sobrenatural que mantenía ordenado al mundo, aunque la deidad creadora del orbe era llamada Kénos o Quénos. Se pintaban los cuerpos como rito de iniciación a los más jóvenes y se valían de chamanes para curar enfermedades y ayudarles a los cazadores en su arte. Creo que el hombre blanco debió consultarle a los indios si querían ser evangelizados a la fuerza.
El gringo blanco, en su ambición irrefrenable y, con el afán de quedarse con estas tierras, llevaba a los indios a la punta alta del cabo Domingo, les daban de beber alcohol como una manera de llegar al concilio cuando éstos intentaban rebelarse ante las imposiciones ajenas. Luego, una vez que estaban totalmente borrachos, abrían fuego contra los indefensos onas. Uno a uno caían desde lo alto del cabo, una distancia fatal cercana a los noventa metros. Murray, Popper, Maclennan, entre otros, fueron los encargados de acribillar a nuestros olvidados onas.
Para más, alrededor de 1846, en el otro extremo de nuestra isla, el capitán Fitz Roy, descubridor del Canal de Beagle, tuvo un maravilloso plan. Quería llevarse algunos yámanas para Inglaterra con dos objetivos: Por un lado intentaba demostrarle a los reyes de su país los hallazgos de su ardua empresa y lo fácil que era manipular a aquellos indios para apoderarse del confín de la tierra. Por otro lado, estaba ansioso por enseñarle esos especímenes salvajes a su amigo Charles Darwin, naturalista en ascenso. Entonces, sólo tuvo que tomar por la fuerza a cuatro rehenes, a cuatro yámanas. Los engrilló a la proa del barco y les puso nombres anglosajones. A partir de aquel día ellos serían: Jimmy Button, Fuegia Basket, York Minster y Boat Memory. Una vez que el Beagle, comandado por Fitz Roy, se hubo alejado de tierras fueguinas, liberaron a los indios y comenzaron sutilmente a “civilizarlos”. Ellos permanecían acurrucados en la proa del barco, sentían una y otra vez la mirada acerada de los marinos. Sentían el agua del mar golpear contra los rostros invadidos de tristeza. Si bien estaban acostumbrados al clima hostil, necesitaban la grasa de foca con la que untaban sus cuerpos para combatir el frío o tal vez la piel del animal para guarecerse de las temperaturas bajo cero. Necesitaban eso y mucho más. Necesitaban a su familia, su geografía, sus raíces, sus nombres. Ahora se habían transformado en simios destinados a los experimentos del hombre blanco. Así fueron acribillando a nuestros indios, así, poco a poco, se quedaron con nuestras tierras.
Malvinas es el corolario de aquella invasión comenzada muchos años atrás.

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