Él acomodó el tablero de ajedrez. Ella aún no había llegado. La tarde, por su parte, estaba templada, algunas hojas caían como lágrimas sobre la plaza, un cúmulo de nubes amenazaban el horizonte. Él miró el charco de agua sucia que reposaba a sus pies, y vio, una vez más, la cara de la derrota; barba crecida, mirada cuesta abajo, un rictus inhumano adornándole las facciones. Finalmente ella apareció mostrando su displicencia, sus cabellos morenos, sus ojos verdes, su irreverente belleza. Saludó como siempre, un tanto indiferente con atisbos de dulzura. Luego, dejó el bolso de colores al lado del tablero de ajedrez y dijo:
-¿Hace mucho que esperás?
-Desde siempre… -contestó él como un idiota.
Ella, como si nada importara, tomó un peón de cada color, y sopesándolos en sus manos, preguntó:
-¿Blancas o negras?
-Siempre espero tu iniciativa, así que dame las negras –dijo él resignado.
-Como quieras –agregó ella devolviendo el peón blanco a su correspondiente casilla.
Él la miró con el afán de descifrar su inminente estrategia. Ella era la reina de las tácticas y él un súbdito de las improvisaciones. Así le iba. Ella respondió a su indagación con un silencio inefable. Todo en ella era inefable. Luego, se tomó el mentón e inició la partida atacando con el caballo. Ella siempre atacando y él defendiéndose junto a sus incertidumbres. Sin saber qué hacer quedó observando ese caballo de peltre que le presentaba batalla. Dudó. ¡Ah! Por si no se los dije la duda era una de sus cualidades menos admirables.
-¿Vas a tardar mucho…? Ya me estás aburriendo –dijo ella prendiendo un cigarrillo, echando el humo en la cara de su adversario.
Él nada respondió. Para más, esta vez, la propia improvisación había claudicado.
-Si querés jugamos a contra reloj, digo…, para hacerlo más divertido –argumentó ella esbozando una sonrisa.
-Si querés podés irte, ya sabés que no me gusta molestar a la gente…
-¡Dale, jugá de una buena vez y hacéme jugar a mí! –Replicó ella luego de chupar el cigarrillo sensualmente. ¡Claro! Eso era lo que quería. Ella no pretendía analizar las jugadas del rival, sus austeras estrategias, improvisaciones o lo que fuera. Ella quería jugar su juego y él era el partenaire elegido. Entonces, una vez más, le hizo caso y movió tímidamente peón 4 Rey.
-¡Ja! –Exclamó- Siempre tan audaz vos, eh –y dejó cabalgar a aquel animal blanco que otrora montara el libertador de América. Ahora eran dos enormes caballos ofreciéndole una guerra y ella el jinete que los manipuleaba.
-No te asustes –dijo luego-, es sólo un juego y en todo juego siempre alguien pierde.
“Vaya novedad”, pensó él, como si no supiera que su derrota estaba declarada en el preciso momento que la había visto. Era su turno. Nuevamente movió un peón, pero esta vez buscando la apertura de la dama. Ella también jugó peón-dama, y él entendió que pronto todo acabaría. Porque una dama con otra dama en la mano era tan poderoso como el mismísimo ejército bonapartista. En segundos, esa reina bella y grandilocuente, aplastaría su austero sistema de defensa y la partida estaría terminada. Sin embargo, debía pensar en una maldita táctica para hacer frente al combate. Debía prever una planificación para que no acabaran con su vida. Abstraído, pensó: “¿Por qué las relaciones humanas deben regirse por un sistema maquiavélico de manipulación?” Nunca compartió aquella famosa frase del Príncipe que dice: “El fin justifica los medios”. ¡No! De ninguna manera. EL FIN NUNCA JUSTIFICA LOS MEDIOS. Y menos aún tratándose de personas. Siempre estamos especulando con el proceder ajeno para seguir nuestros propios pasos.
Abrió los ojos. No supo cómo, ni cuándo sucedió, pero de pronto sus caballos habían sido arrasados, las torres prendidas fuego, los peones hacía tiempo que habían emprendido la retaguardia, la reina estaba coronada de espinas y el Rey a punto de ser depuesto. Entonces apartó la mirada del tablero desolado y buscó sus hermosos ojos verdes. Ella dijo:
-Jaque Mate.

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